Crisis de identidad





Me habían desahuciado por no poder pagar la hipoteca. En un principio pensé en hacer lo que otros hacían: llegar a un piso deshabitado, darle una patada a la puerta, enganchar la electricidad y el agua de la calle y tener una vida clandestina. Pero por casualidades de la vida, me salió un trabajo a media jornada en una empresa de venta por teléfono, y poco después, otro en una cadena de comida rápida que completaba mi jornada laboral. Entre un salario y otro pude dar la fianza para un alquiler modesto. Fui a una inmobiliaria y enseguida me acompañó un vendedor algo excéntrico.
Nada más entrar en la casa con el vendedor, noté en él una actitud extraña, e hicimos una visita relámpago a los casi 160 metros cuadrados repartidos en dos plantas, patio aparte. Lo que debía de haberme indicado que había truco; era imposible que fuera más barato que un piso pequeño. Pero me daba igual, aunque la casa fuese una mierda tan grande, como metros cuadrados tenía. Estaba empapelada con colores que en algún momento fueron chillones, ahora el papel se caía a pedazos. Pero tenía luz, agua, cocina, nevera, una siniestra cama con dosel y armarios empotrados en todas las habitaciones, además de que no había goteras. El salón estaba desnudo pero un buen amigo iba a cambiar el salón de su casa y había prometido darme los muebles. Por su parte el tipo de la inmobiliaria estaba ansioso por que yo firmase el contrato.
—Bueno señor. No encontrará chollo igual en la ciudad. Firmamos y ahora mismo le entrego las llaves. Puede instalarse de inmediato.
—¿No habrá letra pequeña? —pregunté a sabiendas de que algo me ocultaba.
—Por supuesto que no señor, tenga en cuenta que las inmobiliarias somos las que estamos sufriendo más la crisis y es una casa vieja, al fin y al cabo. Si no la quiere señor, hay otro inquilino deseando instalarse.
Mentía como un bellaco, nunca me habían llamado tantas veces señor y aunque su boca decía una cosa, sus ratoniles ojos y su expresión corporal mostraban otra.
—Está bien. Tengo su número de teléfono y en caso de problemas, no dudaré en llamarle.
—Por supuesto señor —otra vez el irritante formalismo. Firmé.
—Suerte para lo que quiera no dude en llamar —su presencia y su voz me resultaban cada vez más incomodas y sentí gran alivio cuando se marchó. El agente inmobiliario me dio la mano, recogió el contrato como y salió como alma que lleva el diablo.
Fuera estaba lloviendo y el viento sonaba como si cientos de ánimas se hubiesen puesto de acuerdo al comienzo del crepúsculo. Hasta que el temporal no amainase no iría a recoger mis pertenencias. Cuando remitió la lluvia, fui al coche a coger lo que me hacían falta: la tele, un par de mantas, el microondas, los pedidos equivocados que me había traído del restaurante y un pack de seis botellines. Al día siguiente libraba e iba a celebra mi nueva adquisición. Metí las cervezas en el congelador; mi madre hubiese desinfectado todo con agua y lejía antes. Y me puse a sintonizar la tele. Sólo logré coger los canales principales. Calenté las pizzas y kebabs en el microondas. El resto lo dejé en la nevera; mi desayuno sería igual que la cena. Me eché una de las mantas sobre los hombros y me puse las cervezas cerca, estaba súper a gusto e incluso me dio igual un corte de luz, aunque ratificase mis sospechas de que el de la inmobiliaria me la había metido doblada, pero volvió al poco tiempo.
—¿Te vas a beber la última cerveza?
Era una voz femenina y siniestra que ponía los pelos de punta. La comida se me cayó al asqueroso suelo del susto pero no veía a nadie. Pensé que sería cosa de mi imaginación. Quité las pelusas y proseguí con el banquete.
—Eres un poco cerdo —era la voz otra vez— hace años que aquí no vive nadie y este suelo es un cultivo de infecciones.
—¿¡Quién anda ahí!? Tengo móvil y no dudaré en llamar a la policía.
No hubo respuesta y uno de los tercios se elevó sobre el suelo, la chapa saltó y se volcó con destino incierto hacia una boca invisible.
—¡¡Mierda de inexistencia!! —protestó la voz. Estaba cargada de ira, y tenía tal potencia que hizo temblar los cristales. Lo siguiente que pensé era que me había intoxicado y estaba alucinado. Marqué el número de emergencias médicas, pero no había cobertura y fui hacia la puerta buscándola.
—No seas imbécil —otra vez se dirigía a mí—  no estás alucinando. Date la vuelta y tiembla.
La silueta borrosa y etérea de una chica hermosa de no más de veinte años con camisón largo de otra época se apareció frente a mí. En lugar de asustarme como hubiese sido lo normal decidí entablar conversación con ella, había visto en un programa en el que decían que las almas perdidas no suelen ser peligrosas
—¿Sabes que está mal beberse lo de los demás sin permiso? —le increpé.
—Confirmado —contestó — eres el inquilino más tonto que he tenido en siglos. Soy un espectro con problemas y tú me hablas de cómo debo comportarme en mi propia casa.
—Tienes razón. Pero lo que más me ha jodido es que hayas derramado la última cerveza.
—Lo siento, pero es que se veía tan apetecible que no he podido resistirme. Los fantasmas a veces olvidamos lo inconveniente de nuestra naturaleza. Por cierto, me llamo Angélica, ¿y tú?
—Jorge. Perdona, no puedo hacerme una idea de tu sufrimiento, pero ponte en mi lugar. Por cierto ¿Puedes mover cosas con sólo pensarlo?
—Claro. O es que crees que lo de antes había sido un temblor de tierra
—Ahora lo entiendo todo, el de la inmobiliaria sabía de tu presencia.
—Sí. Es imbécil, normalmente cuando viene a enseñar mi casa hago algún numerito y la gente sale pitando. La inmortalidad es aburrida, pero con un chico guapo y compresivo como tú, tal vez sea más llevadera y liviana.
A parte de mi madre, y mi ex, antes de casarnos, nadie me había dicho guapo en años y aquella alma en pena se había ganado mi atención.
—Lo mismo digo, eres el fantasma más bello con el que he hablado nunca.
De no ser porque era imposible juraría que se había ruborizado.
—Eres un bastante zalamero no nos conocemos de nada —me dijo tímida y agradecida a la vez.
—¿Te has puesto colorada?
—¿¡Eres tonto!? No tengo cuerpo ¿Cómo podría ruborizarme?
—Joder cómo eres, solamente estaba correspondiendo tu deferencia. Por cierto, ¿puedes entrar dentro de las personas?
—Ya estamos, todos los hombres sois iguales, veis una mujer bella y queréis meteros bajo nuestras bragas —tampoco era un fantasma modesto.
Toda la casa empezó a temblar como si un seísmo repentino golpeara los cimientos. De haber habido lámparas en el techo se hubiesen desprendido. Sentí miedo.
—Cálmate —dije a Angélica— sólo preguntaba. Además, ¿cómo podría hacerlo con un fantasma?, no tienes cuerpo material y soy un hombre decente.  Nunca me acuesto con nadie en la primera cita —mis palabras le habían hecho gracia y el temblor se detuvo.
—¿Te estas insinuando? Eres rarito de cojones.
—Me explico. Dices que echas de menos cosas como comer y beber. Te propongo un trato, siempre que el poseerme no me cause daño. Cuando tengas ganas de recordar lo que se sentías cuando estabas viva me lo dices, entras en mí y a lo mejor funciona. A cambio, me quedo en tu casa y cuando tenga visita, no me los asustas ¿Hay trato?
—Me estás pidiendo que actúe contra natura ¿Cómo me divertiré si no hago lo que se espera de un fantasma?
—Puedes ver la tele conmigo, contarme tus cosas, yo contarte las mías y quién sabe a lo mejor entre los dos encontramos el por qué te encuentras atrapada aquí
—Lo pensaré. Poseer a las personas sin su permiso es más divertido ¿Y si descubro tus secretos más oscuros, eso que no has contado a nadie?
—No tengo mucho que ocultar, mi vida siempre ha sido aburrida. Podemos probar, aún queda comida.
—¿Te refieres a la que se ha caído al suelo? Me niego a pillar una infección.
—Eres un fantasma.
—Es cierto. Vale probemos.
La sensación de ser poseído al principio era como si te quedaras desnudo delante de un montón de desconocidos, pero pasado ese trago, estaba genial.
A partir de ese momento Angélica, descubrió que le gustaba la comida basura, los cigarrillos y el whisky con cola. Además, cuando llevaba alguna chica a casa a veces entraba en mí de manera furtiva, yo no se lo tenía en cuenta. Poco a poco fue haciéndolo con menos frecuencia, hasta que un día dejó de aparecer, de lo que deduje que se había descubierto a sí misma y que lo que lo que la tenía retenida en el mundo de los mortales era una crisis de identidad sexual.

Sin Angélica aquella viaja casa dejó de tener interés, encontré un trabajo a jornada completa y pude establecerme en un piso más pequeño, sin fantasmas incorpóreos. Pero algunas veces entre sueños he vuelto a verla, parece feliz y esa felicidad me la transmite, cuando me visitaba, me despierto con unas ganas inmensas de comerme el mundo lo que es una prueba de que ya no está anclada a la casa y ha resuelto sus problemas. Ahora puedo dejar de decir que mi vida es aburrida y monótona.               

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