Burlando a la Parca




Todo estaba demasiado silencioso en el crepúsculo; es cierto, que por la zona en la que vivo, no pasan ni las almas en pena. Sin embargo, pude sentir una presencia etérea, que me infundió un miedo irracional. Pensé que lo mejor era marcharme. Vivo en las afueras, y sólo, de vez en cuando, salgo de mi soledad de camposanto a divertirme. Decidido, cogí el coche en dirección la ciudad. Mi intención era tomar algo en el pub Botero, un abrevadero para lobos solitarios al que suelo ir a olvidarme de todo.
En la carretera, la noche se volvió oscura y pizarrosa. Algunos relámpagos zigzagueantes, seguidos de truenos lejanos, surcaban el cielo y aunque estaba a bastante kilómetros de casa, la sensación de miedo venía dormitando en el asiento de atrás; dicen, que hay personas que pueden presentir la muerte de manera indiferente, a si será la suya o la de otros. Nunca creí en supercherías, pero aquella noche me estaba haciendo cambiar de parecer. De la nada, unos enormes faros me deslumbraron, acompañados de un bramido que hizo temblar la luna delantera del coche, pude dar un volantazo y desviarme a la cuneta. Menos mal que el coche era una chatarra pesada, y quedé a los pies de un precipicio. Salí de aquel borde y detuve el auto unos metros adelante, mi corazón latía a mil por hora, me temblaban todos los músculos y estaba atenazado por un sudor frío, que chorreaba por todos los poros de mi cuerpo. Poco a poco fui recuperándome y escuché un trueno lejano, la tormenta parecía retirarse, y las negras y pesadas nubes, se hacían menos densas. La sensación de miedo, empezó a desvanecerse al ritmo de las nubes. Por fin me calmé pero duró poco. Unas garras heladas empezaron a estrangularme, intenté zafarme, pero mis intentos fueron vanos. La presa de aquellas manos invisibles impedía que el oxígeno de mis pulmones llegase al cerebro. De la sensación de asfixia, pasé a un sueño plácido. Parece que había llegado mi hora.
Una bocanada de aire caliente, que parecía contener cristales, se abrió paso por la tráquea y recuperé la consciencia. En aquel estado entre los dos mundos, vi un haz de luz revoloteando sobre la ventanilla del conductor, seguida de golpes sobre el cristal. Luego oí una voz.
¿Está bien señor?
¿Cómo? —Contesté atontado.
Bajé las ventanillas y pude ver a un anciano de rostro agradable. Sentí mucha alegría al verle y volvió a hablarme.
Lo he visto todo. Ese precipicio es muy puñetero. Más de uno ha caído al lago y se ha ahogado.
Salí del coche tambaleándome, y pude ver mejor al anónimo samaritano, la que debía ser su esposa permanecía alejada y difusa.
¿Ha visto el camión que por poco me embiste? —Pregunté.
No, no he visto ningún camión.
El anciano hizo una señal a su señora; que no se acercó en ningún momento. Para comunicarle que yo estaba bien. El efecto óptico de los faros y el polvo, hacía parecer a la mujer un espectro. Y olvidé que casi muero estrangulado, por un fantasma.
Como está la noche, yo no conduciría —dijo el anciano sonriendo.
Tiene razón, volveré a casa.
Pase buena noche y conduzca con cuidado. —Se despidió.
Gracias —con el susto se me habían quitado las ganas de emborracharme.
De la misma manera que el anciano apareció, despareció, dejando tras de sí varias pisadas húmedas sin dirección. Me extrañó porque no llovía. Tampoco vi su coche. El miedo volvió, lo mejor era volver a casa y esperar el día siguiente.
Nada más entrar por el portal del bloque, la sensación de miedo se intensificó. Los rayos y los truenos sonaban cerca, e iban acompañados de lluvia. Subí las escaleras, abrí la puerta y me metí bajo las mantas. Cuando todo, incluidos techos y suelo, desapareció, en su lugar agua gélida, me estaba ahogando, multitud de rayos, asaetaban los cielos, mientras unos brazos invisibles empezaron a golpearme y zarandearme. Traté de escapar, pero eran fuertes. Con mucho esfuerzo conseguí sacar la cabeza fuera del agua y tomar oxígeno, cuando creí que me había salvado, una descomunal descarga eléctrica, me atravesó de punta a punta. Hasta noté el hedor de mi propia carne quemada. La oscuridad me envolvió por completo. Era la tercera vez que escapaba de la muerte esa noche. Mi fin parecía estar escrito.
Pero desperté enganchado a un respirador, al darse cuenta los médicos, me quitaron los tubos. Sentí irrefrenables ganas de vomitar.
Por favor, no vomite en el suelo —oí decir.
Demasiado tarde, un torrente agrio se desparramó en el enlosado blanco.
No se preocupe.
¿Dónde estoy? —pregunté casi sin voz
En la una UCI. Ha tenido suerte, el río evitó que se quemara entero. Su coche estalló al caer por el precipicio y la onda expansiva le arrojó a las aguas. Llegamos a tiempo. Mañana el médico le dará una explicación detallada, ahora le subiremos a planta y le administraremos calmantes.
No tenía fuerza para preguntar nada.
La habitación en la que me ingresaron tenía otra cama que estaba desocupada. Al poco subió un enfermero, me suministró medicamentos por la vía y se marchó. Un sueño neutro empezó a apoderarse de mí y la sensación de miedo volvió. Desde la cama vacía, una vieja se levantó y caminó hacia mí. Su cara carecía de rasgos, y sus manos eran hueso sin piel. Con su voz dulce y aterradora, me habló.
Te has librado tres veces, pero volveré. Nadie escapa eternamente.
Pude ver su rostro, sin rostro y sus ojos de cuencas vacías, percibí su aliento helado y fétido. Antes de mimetizarse con las luces ocres que entraban desde la calle, pude fijarme que agarraba de la mano a un anciano sonriente, cuyo rostro agradable me resultaba muy familiar. Ambos se desvanecieron en el aire, por suerte después de tres intento a quién se llevó la parca no fue a mí.

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