Por aquí irán los tiros

El cazador iba armado hasta los dientes. No quería sorpresas y el tiempo le apremiaba. Volvió el callejón en el que había quedado con el pagador. Todo estaba demasiado oscuro, demasiado silencioso y demasiado frío. De su boca empezó a salir vaho. No era normal ni en aquella puta ciudad en la que ocurrían cosas tan extrañas hiciese frío en verano. Sacó sus dos revólveres y encañonó a la nada. Su larga experiencia cazando criaturas le decía que aquello era una adevertencia. Unos ojos brillaron en la oscuridad, conocía aquel brillo metálico y plateado y disparó. Las balas chocaron contra un muro de ladrillos y sintió como las dos pistolas le quemaban las palmas como si fuesen a fundirse en una fragua. Finalmente tuvo que arrojarlas al suelo.
- ¡Imbécil!
La voz que lo insultaba le era muy familiar y aterradora. Entoces supo que no saldría del callejón con vida.
- Ya nos has servido y ahora vas a desaparecer. Sabes demasiado.¡¡Ondinas yo os invoco!!
El cazador sintió como sus pulmones se encharcaban de agua salada. En un par de minutos cayó muerto...


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