Sicario de Dios

La  luna caía sobre el monolito, bañándolo con una luz fría. Una nube negra surcó los cielos, para desaparecer a las órdenes del ulular de una lechuza. Al mismo tiempo un extraño salió de alguna parte tocó un resorte y el suelo se abrió a sus pies. Unas escaleras se perdían hacia las entrañas de la tierra, bajó por ella silencioso como un zorro. 


Las paredes desprendían tanta humedad y olor a moho, que el extraño decidió cubrirse el rostro con el embozo de su capa negra. Al final de los escalones, todo se volvió algo más cálido. Y el silencio fue sustituido por un murmullo.
- Buenas noches. - Todos se callaron para dejar hablar al que parecía ser el líder.
- Buenas noches, ¿ha cumplido la misión?

- Nunca suelo fallar. ¿Tiene usted mi dinero?

- Sí, pero necesito ver el medallón .
El extraño introdujo su mano en el interior de la capa, y lo sacó. El líder lo tomó en sus manos temblorosas por los nervios, llevaban mucho tiempo detrás de aquella importante reliquia.

- ¡Es el auténtico! - Y lo pasó para que el resto de la siniestra reunión lo comprobase. 

El extraño estaba en tensión, no le gustaba ni el lugar, ni los tipos enmascarados, ni la cerúlea luz de las velas, y mucho menos la humedad que detestaba como a la muerte.

- ¿Podemos confiar en su total discreción? Nadie debe saber de nuestra existencia, ni de el objeto de poder que nos ha traído.

- No me haga reír. Un sicario bocazas se estaría pudriendo en las mazmorras del castillo, esperando que el matarife le diera el golpe de gracia.
- Sabe también, que sí esto llegase a las autoridades nosotros lo negaríamos todo, tenemos amigos importante en la corte.

- Mire señor, este nido de ratas no me gusta ni un pelo. Solamente quiero lo que me corresponde, y olvidarme de ustedes para siempre. Soy de gatillo fácil, y matar nunca me ha dado reparo, tengo balas para todos. - El líder pareció captar la indirecta, y le lanzó una bolsa con monedas. El extraño las cogió al vuelo las contó y se marchó por donde había venido.

Entre tanta palabrería y ceremonia había amanecido. El aire fresco de la mañana, acarició la cara del sicario, se quitó la capucha. Su rostro estaba lleno de cicatrices, y sus ojos oscuros resaltaban sobre las blancuzcas marcas. Era la encarnación de la muerte. Tomó aire, y se alejó del monolito lo más rápido que pudo.

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