"Adamiel el Despiadado “

Autor foto: alas 97
Blog de la foto: http://diario-de-alas97.blogspot.com/2009/11/el-septimo-sello-y-las-tres-reglas-de.html

Me llamo “Adamiel”. De mi pasado sólo recuerdo las cosas horrorosas que hice, no tengo ningún recuerdo de mi infancia, ni tierno ni amargo, no sé si amé o me amaron, solamente un aroma remoto y agradable de vez en cuando asalta mi memoria. Y me agarro a él hasta que se difumina, entre la contaminación de esta apestosa y corrupta urbe, "Techo del Infierno", como he decidido llamarla.

Vivo...más bien habito, en un viejo mausoleo que ocupé la primera vez que sin saber cómo, llegué al Techo del Infierno. Las primeras semanas fueron horrorosas, gritos de dolor y de piedad me martilleaban el cerebro enmarcando una estela de cadáveres y sangre sobre un erial polvoriento. Al menos en esa época la gente sabía lo que era el honor, se moría por la espada y enfrentando al enemigo cara a cara.

Cuando me acostumbré a los gritos y las imágenes empezaron a hacerse borrosas, decidí salir de mi cubículo y explorar aquella extraña tierra. La primera impresión fue desoladora, era un cementerio oscuro y casi en ruinas, por el que de vez en cuando deambulaban espíritus errantes y absortos en sus demonios, entonces descubrí que yo era un fantasma, un alma atormentada más, aunque a diferencia de los otros que vi, tenía autonomía de pensamiento y de acción. Con el paso del tiempo también descubrí que existían más espíritus como yo, incluso más poderosos, capaces de llevar a cualquier ser humano a la locura, de introducirse en sus sueños y convertirlos en pesadillas, incluso poseerlos, si se daba el caso para usarlos como vehículo para sus maldades, y por primera vez sentí compasión, tal vez consecuencia de esta nueva naturaleza, o quizás en un acto egoísta de añoranza por aquello que ya no era, o que nunca fui. Humano.

Decidido salí del cementerio, la niebla era espesa, la luz de la calle tenue, y olía peor que en el cementerio. Las calles estaban atestadas de basura, un Edén para las ratas, que caminaban nerviosas frente a las fachadas de las casas, afectadas por enormes desconchones y manchas de humedad y musgo. Un gato roñoso se paró frente a mí y erizó su lomo a modo de defensa, sus ojos enfrentaron a los míos y pude ver que los felinos, ven más cosas de los que creímos. Se lanzó sobre mí, atravesándome como el humo, al ver que su ataque no surtía efecto esprintó hasta perderse entre los contenedores y cubos de basura.

Tras caminar un buen rato entre inmundicias y criaturas nocturnas, escuché las primeras voces humanas.

Te doy cinco euros por una mamada.

Tío, estoy descansando.

¡Serás puta!

Cuatro euros o te rompo la cara. – La mujer chifló y dos tipos enormes salieron de alguna parte, armados con palos y navajas.

¡Piérdete! O vas a necesitar un quiropráctico. – Le gritó el que parecía más fuerte.

No tenéis ni idea de para quien trabajo. Deberíais estarme agradecido de que quiera gastarme el dinero con uno de vuestros adefesios. – El más bajo de los se acercó al individuo y le golpeó una pierna con un palo.

¡Vete!, mi compañero no será tan compresivo como yo.

Está bien, casi me rompes la pierna mamón. Esto no va a quedar así, tendréis noticias mías. – Y se alejó andando con dificultad.

Y tú Margarita a ver si trabajas más y fumas menos. – Y le soltó un bofetón.

Cabrones. – Murmuró entre los pocos dientes que le quedaban.

El mundo no había cambiado tanto, ya no había campos de batalla, ni guerras, pero la fuerza seguía imponiéndose sobre los más débiles“¿¡conmovido...!?”, no podía ser posible, que yo, Adamiel “el Despiadado” sintiera pena por una de esas mujeres de la vida que tanto había frecuentado y mancillado. Agaché la cabeza a pesar de ser consciente de que mi presencia no podía ser detectada y proseguí mi camino, pero la escena anterior me estuvo arrebatando el pensamiento durante algún tiempo.

El resto de las calles del Techo del Infierno eran muy parecidas, en su irregularidad y su abandono, pero a medida que iba adentrándome, me encontré con más humanos; mendigos, camellos, drogadictos, incluso presencié alguna reyerta resuelta a favor de los que iban mejor armados.

Todo hubiese seguido igual; el dolor y la desgracia de aquellos parias apenas me afectaba. Pero una esquelética figura de una niña de apenas diez años me hizo detenerme, la pobre desgraciada dormitaba y temblaba a la vez luchando porque la parca no se la llevase consigo. Aquella vieja huesuda de negro se relamía ansiosa, casi babeando, estática como una fiera a la espera de que el inocente cuerpo de la niña dejase de respirar para arrancarle el alma. Al percatarse de mi presencia se dirigió a mí.

No te metas en batallas ajenas. Porque escapaste de mis garras no te creas, que vas a conseguir que otros lo hagan. Las cosas tienen un orden natural, y a un espectro errante como tú no le conviene alterarlas. Además, que te importa a ti un pobre saco de huesos y piel como este.

Me dio pena, pero ahora, tras ver tu asquerosa cara, y tu insolencia, he decidido quedarme con ella y salvarla.

No te dejaré. – Y lanzó un grito de invocación.

De la nada aparecieron cinco espectros armados con intención de atacarme. No sabía mucho de mi naturaleza actual, pero en mi cerebro una voz me martilleaba pidiendo que me encomendase a la luz. Y cuando la primera de las espadas de aquellos aparecidos de la nada me rozó el rostro, y sentí un corte helado y doloroso, grité ¡¡Luz!! Un resplandor enorme se hizo con todo el entorno. La niña en aquel momento reaccionó, creo que ella fue la única humana capaz de percibir el resplandor, y los espectros desaparecieron en la nada, de la misma manera que había aparecido. Solo la “Vieja Muerte” aguantó la embestida de aquel flash.

Te estás equivocando Adamiel, tú mejor que nadie sabes que luchar a favor de los humanos es en vano. Espero nuestro próximo encuentro, no me pillarás desprevenida.

Nunca he huido ninguna batalla. – La parca desapareció, y yo me encontraba muy débil. Tal derroche de energía casi me había matado

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