El Transúnte solitario

Las calles eran un mar helado de sombras y silencios. Un único Transeúnte deambulaba absorto y ensimismado, algo muy fuerte debía rondar su cabeza. Aquellas calles no eran las más indicadas para pasear, en noches como esas, la muerte podría saltarte desde cualquier esquina.
El Transeúnte encendió un cigarrillo sin mucha convicción, el olor de la primera calada se mezcló con el de la humedad de la atmósfera y la basura; hacía muy poco que la lluvia había cesado. Miró a los lados y en un acto reflejo prosiguió con cierta decepción en el rostro, tal vez sólo era un suicida cobarde y se había adentrado en las entrañas de la bestia para que esta culminase el trabajo, que él no era capaz de hacer por sí mismo. O tal vez, simplemente, se trataba de uno de esos locos que se sienten arrojados a un mundo en el que no encuentran su sitio, pero del que tampoco pueden huir.
Dió otra calada, esta vez mucho más larga y expulsó el humo con ira, como si con esa acción pudiese deshacerse de sus demonios interiores.
Las tinieblas se vieron rotas por un cartel de neón que parpadeaba con flashes rojos, sobre un destartalado edificio de dos plantas y con enormes manchas de humedad, musgo y desconchones en su fachada.

"Compramos su destino y lo cambiamos por otro"
" 20 euros sesión"

Aquel anuncio lo había sacado de su ensimismamiento, se llevó la mano derecha al bolsillo de atrás de los tejanos y sacó la cartera, veinte euros era lo que llevaba encima, no le cabía duda había encontrado el remedio de sus males, se dirigió hacia la puerta, y llamó al timbre, la puerta se abrió con un horrible chirrido.
El interior de la casa era tan espantoso como el exterior, intentó abrir las habitaciones de la planta baja, estaban cerradas con llave, por lo que la única alternativa era subir por las escaleras. Los peldaños crujían con cada paso, pero parecían firmes. Al final de la escalera había unas cortinas polvorientas. Antes de correrlas una voz quebrada por el tabaco y el ron le habló.

- Bienvenido, entre despacio y deje el dinero en la hucha de su izquierda.

El Transúnte hizo caso omiso.

Sentada en un enorme sillón una vieja huesuda y llena de arrugas, fumaba un enorme habano rodeada por un caos de fetiches y amuletos, algunos horrorosos

- Me llamo Delores, no hace falta que me diga su nombre. Supongo que habrá venido a cambiar su destino. Póngase cómodo.

El Transeúnte tomó asiento.

- Veo en sus ojos que va a ser rápido. Abra el cajón que tiene frente a usted.

Una pistola mohosa de la Guerra civil, era lo que junto a un cuchillo contenía el misterioso cajón.

- Usted decide. - El Transeunte empuñó la pistola.
- ¡Está descargada!
- Debo ser cauta, aún está a tiempo de echarse atrás.

El Transehúnte se encañonó la sien.

- Veo que está decidido. Tome la munición, sólo tiene una bala.

Un destello azul iluminó la habitación, el estruendo fue lo siguiente, frente al Transeúnte, un charco de sangre espesa. Su destino había cambiado, además de un suicida cobarde, ahora era un asesino y sólo por veinte euros.

Comentarios

Winnie0 ha dicho que…
GENIAL Rafa! bss
Rafa ha dicho que…
A Winnie
Gracias
Desde ahora ya estaré más por blogger
besos

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