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Mostrando entradas de marzo, 2009

Luna de arena

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Luna de Arena, Sol de sangre, el tiempo yace parado. Partí para cumplir un sueño. Te lo propuse no quisiste acompañarme.
Ahora llorarás, pero regresaré y te haré reina, y los mortales temerán tu corona y se arrodillarán al escuchar mi nuevo nombre. Los astros ya se han alineado; y el destino de la humanidad se balancea en mis manos. Luna de arena, sol de sangre mi tiempo por fin ha llegado. Para Alba mi único y verdadero amor, una diosa entre insgnificantes humanos. Luis Manises Castelar ***** El poema se desprendió de sus manos y cayó al suelo como una plomada. Lo había encontrado en los restos de la casa del acantilado donde Luis, con apenas doce años le declaró amor eterno. La llamada de un extraño la citó aquel martes por la mañana, hacía ya lustros de aquella primera vez, que ella se tomó como una niñería, pero desde entonces Luis no había dejado de acosarla, incluso se había encarado con algunos de sus novios. Las sensaciones eran contradictorias, Luis no aparecería frente a su ventana com…

El Dolor

Nunca pensó que ella le iba a marcar de esa manera. Creyó que todo pasaría como un mal sueño, y que su corazón estaría libre de su influjo, pero hacía ya un año que lo había abandonado. Y todavía creía que iba a regresar como si no hubiese pasado nada, y serían felices, tendrían hijos y envejecerían juntos.
Sus amigos se lo advirtieron, Clara no es honesta, Clara es una devoradora de hombres y colecciona sus corazones, pero él estaba cegado por su resplador, su sonrisa y ese leve perfume a rosas que envolvía todo sin llegar a molestar. Se fué a la bodega y descorchó una botella de vino, encendió la tele, y sacó algo de embutido de la nevera, a las nueve aproximadamente pediría una pizza, y esperaría a dejar de escucharse abatido por el sueño. Como cada noche, a las doce o a la una de la madrugada.
Al principio sus amigos le telefoneaban incluso le visitaban una vez en semana, pero sus nulas intenciones de cambiar y salir a flote lo convirtieron en un caso perdido, y lo peor de todo, era…

Un Botellón del siglo XIX

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Los lametones de un perro lo despertaron del extraño sueño. Estaba tirado en lo que parecía ser un jardín, junto a un banco de metal negro partido en dos. Al principio sintió miedo del extraño ataque, pero luego descubrió que era un chucho pulgoso e inofensivo, hizo amago de golpearlo y el can salió despavorido. Le dolía la cabeza como si lo hubiesen apaleado, pero el sabor pastoso de su boca le hizo comprender que no le habían dado una paliza, ni nada parecido. No entendía como tantos años de borrachera casi a diario, le provocaban de vez en cuando resaca. Cuando estuvo al cincuenta por ciento de lo que para él era consciencia, decidió volver a su callejón, pero la realidad lo golpeó de lleno, donde se encontraba no era uno de los parques de la ciudad. Bolsas de plástico volaban de manera desordenada, el suelo estaba lleno de botellas algunas con restos de licor. Cogió una y la empinó para probarla, si sus días en la calle no lo habían matado tampoco lo iba hacer aquello, estaba exqu…

Un paseo

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Eran las dos de la madraguda, tras una tarde de demasiado calor para ser primavera una corriente fría y perfumada de azahar en flor, zarandeaba los chorros de la fuente de la Plaza de Andalucía. En lugar de volver a casa por dónde siempre, decidí dar un pequeño rodeo por el casco antiguo, y aprovechar para contemplar en soledad la iluminación de la Parroquia de la Asunción, que acentuaba la laboriosa restauración a la que había sido sometida. Me senté en un banco y encendí un cigarrillo. En lo alto de la torre barroca crotorearon las cigüeñas. A pesar del desagradable frío me encontraba muy a gusto y relajado. Un gato canela saltó de un contenedor sobresaltándome, miré el reloj, eran casi las tres, había estado una hora en aquel sitio, ya no hacía tanto frío. Me levanté en dirección a casa. La enorme puerta de chapa que tapaba el acceso a la calle del Convento de Santa Clara estaba abierta, sí la puerta del otro extremo de la calle se encontraba igual, acortaría, además la curiosidad,…