Sábado 6 de Setiembre de 2008

Hoy es un día gris.

Huele a tierra mojada, el cielo es una lamina de acero gris oscuro, con visajes blancos, llueve de manera intermitente, sin exageraciones ni estruendos y en mí, como suele pasar en estos días, la melancolía y los recuerdos de ayeres más gloriosos me invaden, sembrando una estúpida tristeza, una añoranza, que sólo la luz del sol es capaz de disolver, y me da por escribir cosas tristes. Cosas grises, de mi lado más extraño, de mi yo más remoto. Pero me sienta bien, descargo, y la paz interior se hace dueña y señora.

No es que sea un ente maldito turbado por la locura, ni un demonio antiguo descontento consigo mismo, me gusta lo que tengo, pero me gustaría tener más, es muy humano, querer tener más, somos inconformistas por decreto, nunca es suficiente, y lo que nos hace felices con el paso del tiempo acaba aburriéndonos, o no siendo tan perfecto, ni tan genial. Que no disfrutemos cada momento, es estúpido e infantil.

Ahora, aunque parece que lloro, no es así, mientras tecleo, una sonrisa se va dibujando en mis rostro, hablo de la tristeza, pero al escribirlo la disfruto, la saboreo, y como en parte es infundada, su sabor no es tan amargo, es masoca y liberador a la vez.

El cielo sigue encapotado, ya ha dejado de llover pero el olor a tierra mojada sigue impregnando el ambiente, las luces del día son mortecinos destellos, tras opacas nubes grises, una brisa húmeda y agradable acaricia mi nuca, los árboles se alzan a mi izquierda han adquirido un verde fuerte, la fina llovizna ha limpiado sus hojas, y estas futíles palabras, han exoircizado un poco mi alma. Estoy menos triste.

Pero mientras el cielo sea gris disfrutaré de mi infantil melancolía. Mientras el acero gris cubra nuestras cabezas seguiré buscando un nombre. De mujer a poder ser

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