Jueves 18 de setiembre 2008


Hoy el cielo también es una oscura lámina de acero, pero no llueve, y como por arte de magia no me siento tan apesadumbrado, ni tan triste. No es que la lluvia tenga que ver con mi estado de ánimo, ni nada de eso, es porque quizás ese arcano maleficio que rondaba mi alma se ha evaporado, ha vuelto al lugar en el que tenía que estar, al olvido, al límite más remoto del infinito universo, o quizás me aceche de nuevo como un lobo hambriento, oculto tras ser herido por mi ego.


Hoy me siento un poco más fuerte, más yo. En lugar de una sonrisa bobalicona y bohemia, de esas que entraban dentro del canon romanticista del siglo XVIII, me encuentro feliz, subido, no me siento arrojado a un mundo que no me entiende. La mayorías de las veces los enigma de la vida nos los inventamos nosotros, el que no nos entiendan, es porque quizás no nos explicamos, o no tenemos intención de hacerlo, o quizás no les interese escucharnos, pero eso, no es razón para señalar con el dedo.


La lámina de acero gris veteada de blanco sigue en el cielo, un rastro de brisa intermitente sigue entrando por la ventana acariciando mi nuca, hay un poco más ruido que el otro día, y yo me siento renovado, fuerte. Quizás el lobo hambriento se ponga otra vez tras mi rastro.

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